lunes, octubre 01, 2012

Centésimo quincuagésimo octavo - Ciudad de México -

Te saludo, querido y teórico lector. Hoy regresé de un viaje de poco menos de una semana por la Ciudad de México, que tantos se esfuerzan en adorar y tantos otros en atacar. Fue un viaje normal. Más bien genérico. Lo clásico que va uno a hacer a la Ciudad de México cuando no va de vacaciones: a hacer tu chamba, platicar con amigos y criticar hasta los más pequeños aspectos detestables de la ciudad.

Fui a un congreso de Ingeniería Eléctrica, Ciencias de la Computación y Control Automático. Hace algunos meses envié un artículo, lo aceptaron y fui a presentarlo. No voy a aburrirte con los detalles del artículo o del congreso y solamente diré que me fue bien. Presenté mi artículo, respondí preguntas durante y después de la sesión y asistí a un par de conferencias que estuvieron interesantes. Ciertamente será útil revisar sus papers en las memorias del congreso. 

Aquí trataré de comentarte mis pensamientos sobre la ciudad. Sobre el viaje. No puedo subir el artículo directamente al blog por problemas de Copyright con IEEE, pero si realmente te interesa, puedo envíartelo por correo. 

La Ciudad de México tiene muchas cosas que me gustan: comida barata, Doña Gorda, chingos de museos, teatros, plazas, bueno y barato transporte, etc. Pero también tiene cosas que me patean la entrepierna con furia renovada cada vez: muchísima gente, un clima de las mil vergas, poca conciencia social y sobre todo, que es encabronadamente grande. Ridículamente grande, para ser preciso. 

Debido a que soy pobre y tuve que pagar el congreso y el pasaje y la verga de ocho patas (muy importante) tuve que quedarme en casa de una tía para no gastar dinero en hotel. Además, hay que visitar a mi tía de vez en cuando. Eso no sonaba tan mal, hasta que te das cuenta de que su casa queda hasta el otro extremo de la ciudad y literalmente un día hice tres horas para llegar al congreso. ¡3 putas horas! Me pude haber hospedado en Querétaro y habría hecho el mismo tiempo. Y no solamente tuve que aguantar tres horas de pie en el tren ligero y luego el metro y luego un camión. También tuve que soportar que los chilangos no tengan respeto alguno por el espacio personal y se empujaran inmisericordemente dentro del transporte para llegar cinco minutos más temprano (o menos tarde) a su destino. El puto vagón iba lleno como la chingada, pero a huevo que se podían meter más. Nada más era cosa que nos apretáramos unos contra otros. Dos o tres horas más y yo creo que nos hubiéramos convertido en diamantes.

Tal vez podría soportar el hecho de que se llenara tanto el tren ligero. Lo que me patea las bolas es que una vez que ya estás "formado" en primera fila para abordar el transporte, en cuanto se abren las puertas es tierra de nadie. Todos quieren entrar a huevo primero. Y putísima y se casó de blanco si tratas de entrar como una persona civilizada: todos te empujan, te dan codazos, te mientan la madre. Digo, yo ni me quería sentar, porque seguramente en una estación posterior tendría que levantarme a dejarle mi lugar a una viejita. ¿Cuál es la pinche prisa por entrar? Realmente me cagó eso. ¡Hay bestias más civilizadas, chingada madre!

El metro es mucho más relajado. A menos que te toque en hora pico, porque ya te cargó la verga. Pasa exactamente lo mismo, pero aumentando. Hay tanta pinche gente que sale del culo de no sé quién, que quiere meterse a huevo, aunque el vagón está al tope. ¿Y sabes que es lo peor? ¡Que lo logran! Ya sea por puros tanates o porque queda por ahí un hueco diminuto, pero se meten. 

Me cae que me gusta la ciudad, pero me cagan los chilangos.

En otros puntos, la Ciudad es grande. Mucho. El sábado por la noche fui invitado a una reunión. O bueno, la verdad ya ni supe si sí fui invitado o no, pero el chiste es que hice unos cálculos rápidos con Google maps y suponiendo condiciones ideales, me hubiera gastado más en taxi que lo que me hubiera gastado en bebidas. Fácil me hubiera salido en unos $300.00 no'más el taxi de ida. Tal vez un poquito más barato el de regreso porque supongo no habría tanto tráfico. Pero pues no chingues. $500.00 en puros taxis... en eso me salió el pasaje de SLP a la Ciudad de México o una noche de hotel en uno no tan pinche.

Lo chido fue que vi a mis amigos del CINVESTAV. Comí chingón, platiqué aún más chingón y recordé buenos tiempos. Me da nostalgia la escuela, y me dieron un montón de ganas de entrar al doctorado, coraje por no poder hacerlo y curiosidad por imaginar todo lo que podría saber y hacer en ese lugar. 

Fue un viaje chido. Aprendí algo, visité amigos y recordé lo que era ser un estudiante de maestría. 

3 Personas con IQ alto han comentado:

Jorge Hernandez dijo...

¿Y qué os impide entrar al doctorado, mi buen master dib?

P.D. Hace rato que leo tu blog y está bien pinche chingón. Suerte, y ojalá que puedas terminar ese doctorado.

Anónimo dijo...

Me interesa leer ese articulo vicna_1@hotmail.com

Luisz dijo...

Me interesa tu artículo, mmmm no, no es cierto. Pero sí es cierto que la ciudad es espantosa, es en promedio más hórrida que bonita, pero es NUESTRA y nosotros somos los que la hacemos tan horrible como es. ¡Saludos!

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