sábado, agosto 16, 2008

Octagésimo octavo - Y que fuera jalando

¿Alguna vez, querido y teórico lector, has sentido miedo?
Dudo que en este planeta haya alguien que no haya experimentado esa sensación. Imagino que cuando eras niño le tenías miedo a la oscuridad, a los monstruos bajo la cama o a que tus padres desaparecieran dejándote sólo. Tal vez tenías miedo a reprobar una materia y a la reprimenda que recibirías. O es posible que le tuvieras miedo a las cucarachas, arañas, lagartijas, tiburones con rayos láser en la cabeza o similares.
Si eres padre, querido y teórico lector, imagino que has de tener el miedo constante de que algún desafortunado incidente caiga sobre tus hijos o nietos.

Como vez, querido y teórico lector, todos le tenemos o le tuvimos miedo a algo. No obstante, lo que más miedo nos da invariablemente es lo que desconocemos. El enfrentarte a algo que no conoces genera un miedo inmensurable, una agonía incesante. Y a eso me acabo de enfrentar. Por razones que no mencionaré aquí, debo confesar que por primera vez en la vida me sentí ignorante; y fue horrible.
Por supuesto hay muchas cosas que no sé. De hecho, cambiaría todo lo que sé por la cuarta parte de lo que no sé. En la escuela hubo muchas cosas que no sabía; pero tenía la certeza de que con el paso del tiempo adquiriría ese conocimiento. Hubo exámenes que expusieron mis bajos conocimientos o que por su dificultad sobresalían. Pero nunca, en toda mi vida, me sentí ignorante como ahora...

Y es horrible. Es una desolación abrumadora. No sé a qué me enfrento. El terror de fallar me oprime incansablemente. El miedo a lo desconocido ataca ferozmente a mi megalómana personalidad. El saberme ignorante es algo que nunca pensé que sucedería. Estoy preocupado todo el día y toda la noche. Ni siquiera mi hobby mediático pajero puede apartar de mi mente el sentimiento de inutilidad y desconfianza.

¿Cómo enfrentas el ser ignorante?
La preparación es un punto que te da ventaja y te suma confianza. Pero no hay tiempo para eso. Ya estoy bien atorado. Soy ignorante y me siento triste como nunca. Mi orgulloso yo interno está aterrado e inconsolable. Simplemente no estaba preparado para esto. No se como enfrentarme a una sensación que nunca había experimentado. ¿Con valor? ¿Con ganas? ¿Con esfuerzo? La incertidumbre me come por dentro.
Es por mucho, la sensación más fuerte y horrible a lo que me haya enfrentado.

En efecto, puedo declinar enfrentarme a la situación que ocasionó todo esto. ¿Pero qué sucederá después? Si no enfrento mi miedo puede ser que nunca lo haga y termine colgándome de un árbol con un cinturón.
¿Pero y si fallo? La ignorancia me atraerá al lado oscuro como Lord Sidious a Anakin Skywalker. Me deprimiría casi tanto como hace algunos meses y ahora no tendría la posibilidad de venganza, cuya idea y preparación es mi razón para levantarme todos los días. Todo esto es increiblemente extraño para mí. Tal vez tú nunca hayas sentido esto, tal vez sí, pero no le has dado tanta importancia como yo. Igual y yo soy el exagerado. Me he dicho más de un millón de veces que no debo exagerar tanto.

Milan Kundera nos dice en el libro cuyo título inspiró el de este blog:
"Cualquier colegial puede hacer experimentos durante la clase de física y comprobar si determinada hipótesis científica es cierta. Pero el hombre, dado que sólo vive una vida, nunca tiene la posibilidad de comprobar una hipotesis mediante un experimento, y por eso, nunca llega a averiguar si debía haber prestado oído a sus sentimiento o no".

Pero bueno, la vida sigue. Las rosas son rojas, las violetas índigo.
Así que mejor pasemos al verdadero tema de este post.


Y que fuera jalando…
Todo, todo, Dexter todo.

Después de algún tiempo de holgazanear monumentalmente ya conseguí un empleo. Y lo odié. Y hablo en pasado porque después de poco tiempo renuncié a tal empleo. No te molestaré con los detalles del porque renuncié; pero ya que no tengo tema para postear, voy a hablar de mi ex empleo.

Era horrible. A diferencia de mi empleo anterior, mi jefe era un cabrón hijo de la séptima chingada. El jefe de mi jefe era un idiota. No tenía todas las herramientas que me hubiera gustado y mis compañeros de trabajo carecían de inteligencia y sentido común. Era casi como regresar a la escuela.
Tenía que ir los sábados, hasta un lugar que no está precisamente en el fin del mundo, pero me cae que desde ahí se ve. La paga era como siempre, menor a la que merezco y mucho menor a lo que me hubiera gustado. Pero ahí estuve.

El trabajo era en efecto interesante y tuve que chingarle algunas horas extras para investigar algunos temas que me eran completamente desconocidos. Tuve que realizar tareas tan simples como medir continuidades y soldar cables hasta diseñar sistemas de control de velocidad de motores… y todo funcionó… PSA’huevo.
Mi trabajo consistía básicamente en lo siguiente:

Tenía que convertir esto:



Y esto:




En algo completamente funcional como esto:


Tuve que batallar horrores con unos putos switches que controlan la velocidad de uno de esos elevadores como los que muestro a continuación:



Máquinas oxidadas, circuitos incompletos y una docena de pendejadas más:


Además de arriesgarme sin seguro social a recibir una descarga de 36 Volts de corriente directa, pero más importante aún, con una corriente de no’más ¡72 amperes!
Querido y teórico lector que de electricidad sabe tanto como de astrofísica cuántica diferencial, para causar la fibrilación del corazón es únicamente necesario ¡0.5 Amperes!

Pero lo que más me castraba la madre, lo que hacía que me cagara en la leche, lo que más me pateaba las bolas era, sin lugar a dudas, mi jefe. Si no vuelvo a ver nunca al nieto de puta será demasiado pronto.

El cabrón llegaba completamente con las bragas encendidas y me preguntaba porqué no funcionaba el elevador con el problema siguiente:


¿No será porque le falta todo el puto circuito que está bajo esos switches? Ahí, junto a la palanca.

Afortunadamente, las cosas se fueron dando, y puenteando por aquí, diseñando un circuito por allá, apretando unas tuercas en aquel lado y desarmando la bomba del aceite y volviendo a armarla, la chingadera jaló.
Y tengo que admitir que se siente chido ver como el elevador se eleva a la altura que quieres; como se alarga su metálico y sucio brazo hasta la longitud máxima, pero sobre todo, ver como se mueve a la velocidad que le dices que lo haga.
En este empleo se redimensiona por completo la frase:

Y que fuera jalando.


Nos vemos.
P.S. Me cae que extrañé un buen cuando laboraba en R. Bosch… no, es muy obvio… en Robert B. Saludos a todos los que laboraban en Ing. Del Producto y cambios.

4 Personas con IQ alto han comentado:

Zazenpan dijo...

Muy interesante el post.
Me gusta la forma de admitir la propia ignorancia mostrando incertidumbre y al momento siguiente hablar de un tema que no es de domino general para levantar la autoestima.
Lo considero un método deshonesto, pero eso no le quita el nivel de interés. Cómo es el ser humano.

Saludos.

ZERO dijo...

te quiero linkear dib, mandame una foto pa hacer un banner...

Javier dijo...

Creo que tu mismo eres consciente de tu problema: eres harto ególatra y megalómano. Para la mente sensata, debiera ser la siempre presente sensación de ignorancia consciente la única que gobierne.

No se hasta donde son tu imaginada autoimportancia, tu obsesión por el IQ, o bien una muleta, o bien un signo de poca sabiduría.

"¿Cómo enfrentas el ser ignorante?"

No sé. No veo por que ser ignorante deba de ser una maldición como tu la pintas. Quiero decir lo obvio: nadie nace sabiendo, y siempre habrá alguien que sepa más de algo que uno mismo. Solo puede ser relevante para alguien que basa todo el valor de una persona en lo que sabe. Lo cual me parece muy tonto. Esperar ser siempre el mejor, y peor: sentirlo así, es simplemente ridículo e imposible.

"La ignorancia me atraerá al lado oscuro como Lord Sidious a Anakin Skywalker".

Para mi tu ya estas en el lado oscuro. Mira que yo soy amante de la ciencia, del pensamiento racional, de la castidad del intelecto, y enemigo de la superstición y de la sinrazón.

Hace ya mucho tiempo tuve una reflexión: Vivía en una constante comparación con los demás. A la única persona que realmente observaba era a mi mismo. Solo volteaba a ver a los demás para ver que tan bueno o malo eran con respecto a mi. Existe el secreto deseo de que los demás reconozcan lo bueno que es uno, es una cualidad natural y perfectamente humana, pero ciertamente no es la recomendada para que gobierne nuestra vida. Un día me dí cuenta que real y verdaderamente solo volteaba a ver a los demás para compararlos conmigo. ¿Y si me encontraba con alguien mejor a mi? Bueno, se convertía en un reto a superar, o una fuente de frustración. Me dí cuenta que no me importaba esa gente en realidad. Sus habilidades las reconocía o admiraba apenas como una briza, en realidad eran un enemigo a vencer. Y me dí cuenta que mis habilidades no le importaban a nadie, más que para vencerlas, en el mejor de los casos.

Eramos todos una bola de orangutanes viéndonos nuestro propio ombligo, creyendo como idiotas que todos los demás estaban admirando el mismo ombligo que admirábamos nosotros (el nuestro)

Es como cuando se dice que en los juegos olímpicos se puso el nombre de México muy en alto. ¡Pamplinas! A nadie que no sea mexicano le importa un reverendo pepino eso. Todos están viendo su propio ombligo. Nadie se acuerda de nadie, más que de si mismo.

Intentar ser el mejor en solo una faceta de la vida, no puede ser la última palabra de la sabiduría.

Reina_Tomoyo dijo...

"De hecho, cambiaría todo lo que sé por la cuarta parte de lo que no sé."

esa frace está para tatuarmela o algo asi. Podría ponerla en todos lados.

En cuanto a tu trabajo, una experiencia nueva nunca hace daño, ahora has desubierto algo más de ti mismo (o por lo menos lo has experimentado).

Te imginé muerto de coraje tomando las fotos a los elevadores y me morí de risa.

A sido un post muy interesante xD

Me gusta mucho tu manera de redactar.

Suerte ahora con tu nuevo o futuro empleo, esperemos que sea mucho más reconfortante ;)

xD jajajaja que divertido!

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